Frecuentemente me preguntan que cuántos años tengo...
¡Qué importa eso!. Tengo la edad que quiero y siento. La edad en que puedo gritar sin miedo lo que pienso. Hacer lo que deseo, sin miedo al fracaso, o lo desconocido. Tengo la experiencia de los años vividos y la fuerza de la convicción de mis deseos. ¡Qué importa cuántos años tengo!. No quiero pensar en ello. Unos dicen que ya soy viejo y otros que estoy en el apogeo. Pero no es la edad que tengo, ni lo que la gente dice, sino lo que mi corazón siente y mi cerebro dicte. Tengo los años necesarios para gritar lo que pienso, para hacer lo que quiero, para reconocer yerros viejos, rectificar caminos y atesorar éxitos. Ahora no tienen por qué decir: Eres muy joven, no lo lograrás. Tengo la edad en que las cosas se miran con más calma, pero con el interés de seguir creciendo. Tengo los años en que los sueños se empiezan a acariciar con los dedos, y las ilusiones se convierten en esperanza. Tengo los años en que el amor, a veces es una loca llamarada, ansiosa de consumirse en el fuego de una pasión deseada. Y otras en un remanso de paz, como el atardecer en la playa. ¿Qué cuántos años tengo? No necesito con un número marcar, pues mis anhelos alcanzados, mis triunfos obtenidos, las lágrimas que por el camino derramé al ver mis ilusiones rotas... valen mucho más que eso. ¡Qué importa si cumplo veinte, cuarenta, o sesenta!. Lo que importa es la edad que siento. Tengo los años que necesito para vivir libre y sin miedos. Para seguir sin temor por el sendero, pues llevo conmigo la experiencia adquirida y la fuerza de mis anhelos. ¿Qué cuantos años tengo? ¡Eso a quién le importa!. Tengo los años necesarios para perder el miedo y hacer lo que quiero y siento!
Años lentos, de Fernando Aramburu, editado por Tusquets.
Como siempre me ocurre con los libros de Fernando Aramburu, me ha sabido a poco esta brillante reflexión sobre la vida, sobre la memoria individual y colectiva, sobre los recuerdos llenos de sentimientos. Aramburu dijo de este libro, que era su novela más autobiográfica, aunque no hablaba de su vida.
"Años lentos", cuyo título obedece a lo lento que pasaban ese tiempo entre 1968 y 1971 para el autor, narra la historia del protagonista, un niño de ocho años que se va a vivir a San Sebastián con sus tíos por la extrema pobreza de su familia.
Una familia que vive en un barrio pobre y que va a tener cómo testigo a este niño que ve cómo transcurren los días en la familia, con un padre que trabaja horas y horas en una fábrica, pero que cuando llega a casa es un ser débil y pusilánime, un primo, Julen, con escasa formación que adoctrinado por el cura del barrio acaba enrolándose en la incipiente ETA, una prima, Mari Nieves, una chica muy fácil, obsesionada con los chicos, y la madre, Maripuy, la matriarca que tiene que bregar con todos los problemas.
Amok, de Stefan Zweig, en la editorial El Acantilado
Si hay un escritor del que uno puede adorar su obra desde la primera vez que lo lee ese es Stefan Zweig. Uno de los grandes talentos literarios de la historia de la literatura contemporánea.
La editorial Acantilado viene publicando espaciadamente su obra, y no les debe ir mal, porque continúan con el empeño. Reconozco que yo contribuyo a ello.
En "Amok", uno de los relatos que componen este volumen, Zweig explora la pasión, ese sentimiento descontrolado que puede llevarnos por los caminos de la felicidad o los tortuosos senderos de la infelicidad.
Pero me han encantado también el resto de los relatos, como "Un vago", sobre la educación; el "Episodio en el lago Leman", una historia que bien pudo estar inspirada en un suceso real; "La calle del claro de luna" con sus imágenes misteriosas y la triste historia de amor imposible: "Leporella".
Leer estas pequeñas obras maestras de un escritor como Zweig proporciona hermosos ratos de buena literatura.
La semana pasada fui a ver la última película del director francés Robert Guédiguian ("Marius y Jeanette", "La villa está tranquila", "Marie Jo y sus dos amores"...)
El título me traía aires nostálgicos de aquella película de 1953 dirigida por Henry King y
protagonizada por Gregory Peck y Ava Gardner: Las nieves del Kilimanjaro.
Pero la película de Guédiguian, no tiene nada que ver con la de King. El director francés vuelve a hacer gala de su compromiso con la moral contemporánea, realizando una película intuitiva, personal, inteligente y coherente.
Guédiguian se inspira en un breve poema de Victor Hugo -La gente pobre- para dar una vuelta de tuerca a su tradicional realismo social y plasmar una serena autocrítica a su definido discurso político. No es que el cineasta haya dejado atrás su militancia y su cercanía a los postulados del socialismo. Están todos... pero de otra forma. La cinta refleja la simpatía del realizador con la actitud de los sindicatos, la defensa de los trabajadores y la lucha contra las injusticias. Sin embargo, como hace reconocer a los personajes, “todo esto no basta”.
Y en este sentido, la película respira y vuela mucho más alto que el cine social de Ken Loach, Tavernier y el propio Guédiguian. El director traspasa la barrera de la denuncia para dibujar una conmovedora galería de tipos humanos y convertirse -como el poema de Victor Hugo- en un canto a la solidaridad.
Desde un postulado mucho más humanista que político, la película habla del amor, de la necesidad de perdonar, de la importancia de ponerse en el papel del otro y contiene un revolucionario mensaje: ante la crisis económica más que soluciones políticas necesitamos respuestas humanas, y más que en los gobiernos la llave está en las personas.
Salí del cine, salimos, con la impresión de que ya no volveríamos a ser los mismos que habíamos entrado una hora antes.
Con la impresión de haber visto una película honesta, bien dirigida, excelentemente interpretada. Una película que nos ha conmovido en lo más hondo, llena de sensibilidad, de pequeños detalles, y de gestos más allá de las palabras y en la que los silencios están llenos de los gritos de todos.
"Champagne, mujeres y música, ahí voy", dijo João Gilberto antes de salir de Juazeiro, la pequeña localidad de Bahía, cuando apenas tenía 18 años. Se escapaba de un futuro como abogado, de una vida pueblerina y del apodo Joaizinho . El músico inició un largo y tortuoso camino de casi diez años, viviendo de la caridad de otros, mudándose de varias casas, siendo internado fugazmente en un sanatorio psiquiátrico y encerrado por meses en diferentes habitaciones, hasta llegar a crear esa música que maravilló al mundo.
Un hombre introvertido, con una personalidad excéntrica y enigmática, y un guitarrista excepcional que poseía una cadencia nueva que nadie sabía explicar. Joao Gilberto fue uno de los mayores referentes de la música brasileña del S.XX
No fumaba, apenas bebía, prácticamente no asistía a ninguna de las fiestas o reuniones que se realizaban, y le gustaba poetas como Carlos Drummond Andrade.
Una noche inesperada, João Gilberto entró en el corazón de la escena de Copacabana y en ese círculo de jóvenes músicos que a partir de ahí lo convertirían en su gurú. Fue como una noche inaugural. Para muchos, el primer encuentro real con ese ritmo distinto, que nadie sabía cómo llamarlo y que en poco tiempo se convertiría en la bossa nova.
Era la fiesta de las bodas de plata de los padres de Roberto Menescal, (uno de los impulsores del movimiento de la bossa nova) y alguien llamó a la puerta. Cuando abrió, un joven que nunca había visto preguntó: "¿Tienes una guitarra ahí? Podríamos tocar alguna cosa. Soy João Gilberto". El ya había oído hablar de él, sabía que se trataba de un bahiano medio loco y genial, fabuloso guitarrista, cantante afinadísimo. Le invitó a entrar. João Gilberto pasó entre las decenas de invitados -nadiese fijó en él- y fueron al cuarto del fondo. No dijo nada más. Examinó la guitarra, la afinó y cantó "Ho-ba-la-lá", su propia composición. "La voz de João Gilberto era un instrumento de altísima precisión. Dejaba caer cada sílaba sobre cada acorde como si las dos cosas hubieran nacido juntas. João repitió el tema cinco o seis veces más, con mínimas alteraciones, pero cada versión parecía mejor que la anterior. Menescal no resistió más. Lo agarró por el brazo con guitarra y todo y salió con él por la noche a exhibirlo a todos sus amigos. En apenas una noche y casi todo el día siguiente (ninguno durmió) él les abrió los oídos para una música brasileña más rica de lo que jamás se habían imaginado."
Así cuenta Ruy Castro, en su libro "Chega de saudade", el momento en que el músico comienza a escribir una nueva historia: a partir de esa noche no habrá artista joven que no quiera sacar en la guitarra su sonido secreto de la mano derecha, cantar baixinho y hasta comportarse como João Gilberto.
A João también se le adjudicaban efectos hipnóticos sobre las personas, además de tener un oído absoluto, una manera de tocar de otro planeta y posibles poderes sensoriales. Cantaba bajito mientras intentaba eliminar cualquier ruido de la respiración y otras imperfecciones. Era un perfeccionista exagerado y maniático.
Su primer disco, fue Chega de Saudade (1959). que, además de varias composiciones de Tom Jobim, contenía varios sambas y canciones populares de los años 30 pero arregladas con el distintivo estilo de la bossa nova. El resultado de las 12 canciones que integran ese vinilo se debe agradecer al genio de Gilberto, a ese swing único, al dominio del ritmo, a esa sincronicidad perfecta entre la voz y la guitarra. Y también a la paciencia estoica de Tom Jobim, que soportó todos los pedidos de João porque sabía que estaba en presencia de una "inteligencia superior", como dijo en alguna ocasión.
"Eres un burro, Tom" llegó a decirle al gran mientras grababan el disco. Jobim comprendió que João no necesitaba de grandes arreglos, como escribiría en la contratapa del disco: "Cuando João se acompaña con la guitarra es él, cuando la orquesta lo acompaña, la orquesta es él".
Alrededor de 1962 la bossa-nova ya había sido adoptada por músicos de jazz estadounidenses como Stan Getz. Este último invitó a João Gilberto y Tom Jobim para que colaboraran en lo que acabó convirtiéndose en uno de los discos de fusión bossa-nova/jazz más vendidos de la historia, Getz/Gilberto.
De este trabajo destaca la composición de Jobim / Vinicius de Moraes "Garota de Ipanema" (La Chica de Ipanema; en su versión inglesa, The Girl from Ipanema), que se convirtió en una canción clásica del pop internacional y llevó a la fama a Astrud Gilberto, mujer en aquel entonces de João Gilberto y cantante en este tema.
La historia del disco Getz/João Gilberto tampoco fue color de rosa. Uno de los primeros cruces entre el saxofonista y el guitarrista lo tuvo que sufrir Tom Jobim. "Tom, dile a éste que es un burro". Jobim le tradujo: "João dice que está muy contento de grabar con usted". "Por el tono de voz no lo parece", replicó Getz. Sin embargo, el resultado fue asombroso y el éxito en el mundo, también. En lo económico las diferencias fueron notables. Con las ventas del disco, Stan Getz se compró una mansión de 25 habitaciones. João cobró 25.000 dólares y ganó dos Grammys que se olvidaría en un armario durante una mudanza. Astrud Gilberto, que había intervenido en la versión en inglés de "Garota de Ipanema", ganó 130 dólares.
El disco siguiente, Ela é Carioca, fue lanzado el año 1968, cuando João Gilberto estaba residiendo en México.
El disco João Gilberto, lanzado en 1973, representa un cambio desde la creación de la bossa nova.
En 1976 fue lanzado The Best of Two Worlds, con la participación de Stan Getz y de la cantante brasileña Miúcha (Heloísa Maria Buarque de Hollanda), hermana de Chico Buarque que se había convertido en esposa de João Gilberto en abril de 1965.
El disco Amoroso (1977) tuvo arreglos del músico Claus Ogerman.
En el disco de 1981 Brasil, João Gilberto trabaja con Gilberto Gil, Caetano Veloso y María Bethania, quienes a finales de los 60 habían creado el movimiento Tropicalismo basándose en la bossa nova y fusionándola con elementos de rock.
En 1991 lanzó João, un disco particular por no contar con ninguna composición de Tom Jobim y, en su lugar, utilizar canciones de Caetano, Cole Porter y composiciones en español.
El último que sufrió y disfrutó de la genialidad del maestro fue Caetano Veloso. La última vez que tocaron juntos en Buenos Aires todos pugnaban por grabar el histórico encuentro para festejar los 40 años de la bossa nova. La palabra del maestro fue terminante. Después de aquellos mágicos encuentros, João se arrepintió y le dijo al empresario local: "Qué pena no haberlo grabado". Quizá por eso, más tarde el músico se dejó convencer por Caetano para volver a un estudio de grabación después de diez años. Pero no pudo convencerlo de agregar a Jacques Morelelbaum para los arreglos. Gilberto prefirió guitarra y voz. No hubo discusiones. Caetano acompañó al maestro durante las sesiones. Con eso estuvo más que feliz. João no se equivocó: "João, voz e violao", también fue una obra maestra y marcó una vuelta a los clásicos de la bossa-nova.
Joao Gilberto. Único, inimitable, siempre lejano y misterioso y sin embargo tan cerca, siempre.
De vez en cuando leo libros de autores de los que nunca he oído hablar, de los que no encuentro críticas en revistas especializadas, de los que sólo hablan en algunas páginas -dudosas- de Internet. Los leo para desafiar al destino, para burlarme de los hados, para hacerle un quiebro a las estadísticas, para demostrarle a esa otra que soy tan a menudo, que también puedo hacer lo que ella nunca haría.
De vez en cuando como comida basura. De esa, sí, de la que jamás hablan en los reportajes gastronómicos ni en las guías de buenas maneras. Me atiborro placenteramente de productos prohibidos por dietistas, cocineros, gourmets y demás gurus de la alimentación. La como para saltarme las normas, lo políticamente correcto en alimentación sana, para sentir como se deshacen en mi paladar, atraviesan mi garganta, se depositan en mi estómago sin provocar ningún cataclismo, sin efectos secundarios, sin contraindicaciones ni resultados adversos.
De vez en cuando escucho música de los cuarenta principales con verdadera pasión y entrega absoluta, me tupo a canciones ñoñas, letras sin sentido, me apasiono con las melodías repetitivas, facilonas y simples, que repito después mientras plancho o cocino. La escucho para sentirme joven de nuevo, para volver a ser la que fui cuando no tenía prejuicios ni juicio, para sentir el olor de aquella piel o el tacto de aquella mano o la suavidad de aquellos labios, bajo las pecas de mi nariz adolescente.
De vez en cuando pongo la tele y me paso unas horas sin sentido, saltando de un canal a otro, dejándome llevar por gritos y susurros, abandonándome, casi de forma lasciva a cotilleos, mentiras, palabras burdas, historias vulgares sin ningún tipo de interés. La pongo para acallar mis ruidos interiores, mis contradicciones, mis desesperaciones, mi melancolía. Para ponerle una ruidosa banda sonora a silencios que duelen, a ausencias enormes, para vaciarme de todo lo que me abruma y no ser yo durante unos instantes.
De vez en cuando huyo de todo. Me voy al monte y me dejo envolver por la niebla. Me pierdo por la carretera que sube haciendo curvas imposibles, hasta llegar a la cima, y allí, parada en un camino cualquiera, cierro los ojos, o dibujo con el dedo en el vaho que se ha formado en los cristales de las ventanillas del coche. Huyo de todo para volver de nuevo, para seguir, para encontrarle sentido a algunas cosas, para hacerme promesas que nunca cumplo, para tomar decisiones que nunca sigo. Para intentar comprender y comprenderme.
El gran derrotado de nuestro tiempo es el silencio. Y no me refiero al silencio físico, me refiero, sobre todo, a ese silencio interior abrumado permanentemente por un exceso de ruido de todo tipo.
Una de las cosas que más envidio, es escuchar a alguien decir: "Todavía no conozco Lisboa. y voy a visitarla por primera vez en estos días".
Intento imaginar cómo será esa primera mirada, ese primer encuentro, que yo ya tengo olvidados a base de ir tantas veces, desde hace tantos años.
Y si esa persona, en cuestión, me pide algunas recomendaciones, no suelo dudar en lanzarme a contarle y sugerirle un montón de cosas que no debe perderse aunque, después de hacerlo, suelo arrepentirme como si hubiera intervenido, de forma obscena, en ese encuentro íntimo que se producirá en breve y que yo habría tenido que dejar en manos del destino, sin mancillarlo con mis propias experiencias.
No hacen falta guías para ir a Lisboa. La ciudad te sale al encuentro, se te aparece en las esquinas, te sorprende y te va dando lo que, en cada momento, necesitas.
Esta es parte de "mi" Lisboa pero seguramente R. tú verás "tu" propia Lisboa, así que olvida mis consejos, mis sugerencias y estas notas al pie, que escribo porque tú me las has pedido y porque yo no puedo controlar mis deseos de hablar una y otra vez de esa misteriosa, mágica, envolvente, caprichosa, encantadora y seductora ciudad blanca.
Querida R.
Mis dos sitios favoritos para alojarme, en Lisboa, y todavía no he encontrado nada que los supere, son: MI CASA EN LISBOA y A CASA DAS JANELAS VERDES. dos alojamientos muy distintos, bonitos y acogedores, perfectos para situarte en el ambiente de la ciudad.
Respecto a lugares para visitar, lo mejor es situarse en la Praça do Rossio y mirar a tu alrededor, sentados en A SUISSA, la famosa pastelería lisboeta. Desde allí, saboreando unas riquísimas Bolas de Berlín, podéis dibujar, cada día, un itinerario: norte, sur, este y oeste.
Por un lado la ALFAMA, con sus calles angostas y cuestas imposibles que suben al Castelo de San Jorge, desde el que podéis disfrutar las mejores vistas de Lisboa sobre todo en la puesta de sol. Ese espectáculo, a esa hora, será algo que nunca olvidaréis.
Callejear por la Alfama y dejaos sorprender por lo que os vayáis encontrando en el camino. Lisboa, la más auténtica saldrá a vuestro encuentro.
De repente una pequeña tasca con manteles de cuadros, con una pinta no muy atractiva, puede regalaros los mejores PETISCOS o unas sardina asadas con un vino de la casa, para chuparos los dedos (literalmente)
Todos los sábados ponen. muy cerca de Santa Apolonia (la estación de trenes internacionales), el Mercado das Ladras (ladronas), una especie de rastro que no tiene igual en el mundo. si os acercáis, entenderéis por qué...
Por otro lado la BAIXA con las ruas empedradas de la Plata y del Oro, llena de tiendas, pastelerías, cafeterías y desembocando en el Arco del Triunfo, La Praça do Comercio y el Tajo a punto de convertirse en océano.
Por otro el BAIRRO ALTO, lugar de cenas, marcha, movida, fados -muchas de las casas de fado están prácticamente en esa zona- y el CHIADO, con A BRASILEIRA, el café en el que todavía está sentado Pessoa, esperando por todos/as los/as que quieran compartir un buen café (de los mejores de Lisboa) con él.
Allí mismito al lado está la LIBRERÍA BERTRAND. Merece la pena entrar y disfrutar de la librería más antigua de Lisboa.
También en ese barrio la famosa cervecería A TRINIDADE en la rua del mismo nombre.
La zona moderna tampoco está mal, pero para 3 o 4 días, la LISBOA ANTIGA es mucho mejor.
Si queréis un poco de mar, acercaos a Cascais a comer marisco. Por el camino disfrutaréis de la costa de Lisboa y su bello paisaje. También en la ruta, parada obligatoria en Belem, para ver el Monasterio de Os Jerónimos y comprar Pasteis de nata recién hechos, en la pastelería de Belem,que está al lado, con azulejos maravillosos y un olor y un ambiente que os cautivarán. Dar un paseo por Cascais, podéis comer allí o acercaos al Guincho para comer mariscos en un restaurante sobre el mar, viendo romper las olas.
No os marchéis de Cascais sin probar los helados de Santini (la heladería de los reyes españoles en el exilio). Probad los sabores más exóticos y dejad que os invada la dulce sensación, sentados fuera, viendo el bullicio de esta ciudad de pescadores, admirando las dos preciosas casas que hay enfrente cubiertas de madreselvas.
Otra cosa que suelo hacer en Lisboa, siempre que puedo, es ir al zoo. Es muy distinto a todos, por la influencia de las colonias africanas, y orientales portuguesas. Han recreado el modus vivendi de los animales en su entorno natural, los tienen al aire libre -sin jaulas- los respetan mucho, y es muy bonito el paseo. En el zoo, hay un pequeño cementerio de perros muy sentimental, con lápidas llenas de inscripciones de amor de sus dueños/as.
Otro lugar que visito siempre que puedo es el Cementerio dos Prazeres, aunque suene tétrico, es precioso y tremendamente poético, literario y cinematográfico…Allí yacen muchas personalidades ilustres enterradas en el "Rincón de los Artistas" y es escenario de escenas en un buen montón de libros (Tabucchi, Eça de Queiroz) y películas ( por ejemplo las de Alain Tanner)
Bueno, para 3 días es suficiente ¿no?
Disfrutad mucho. Si no os veo antes, un beso y feliz descubrimiento de la ciudad blanca (¡qué envidia me dais! ¡ver Lisboa por primera vez!)
Cuando regreses tráeme tu mirada. Me encantará escucharla y también ver "tu" Lisboa a través de tus palabras. Un beso fuerte
La cantaron: Dalida, Juliette Gréco, Patricia Kaas, Yves Montand o Édith Piaf. También se hicieron muchísimas versiones en otros idiomas, interpretadas por cantantes tan distintos como: Eva Cassidy, Plácido Domingo, Stanley Jordan, Nat King Cole, Ute Lemper, Frank Sinatra, Barbra Streisand entre otros.
Es un clásico en el repertorio de los músicos de jazz, con el título de Autumn leaves (hojas de otoño). entre otros muchos fue interpretada por Chet Baker, Miles Davis, Duke Ellington y Stéphane Grappelli.
Jaime Gil de Biedma cita la canción en su poema Recuerdo y elegía de una canción francesa.
La letra la escribió Jacques Prévert y la música la compuso Joseph Kosma.
Les feuilles mortes
Oh! je voudrais tant que tu te souviennes
Des jours heureux où nous étions amis.
En ce temps-là la vie était plus belle,
Et le soleil plus brûlant qu'aujourd'hui.
Les feuilles mortes se ramassent à la pelle.
Tu vois, je n'ai pas oublié...
Les feuilles mortes se ramassent à la pelle,
Les souvenirs et les regrets aussi
Et le vent du nord les emporte
Dans la nuit froide de l'oubli.
Tu vois, je n'ai pas oublié
La chanson que tu me chantais.
C'est une chanson qui nous ressemble.
Toi, tu m'aimais et je t'aimais
Et nous vivions tous deux ensemble,
Toi qui m'aimais, moi qui t'aimais.
Mais la vie sépare ceux qui s'aiment,
Tout doucement, sans faire de bruit
Et la mer efface sur le sable
Les pas des amants désunis.
Les feuilles mortes se ramassent à la pelle, les souvenirs et les regrets aussi mais mon amour silencieux et fidèle sourit toujours et remercie la vie. je t'aimais tant, tu étais si jolie. comment veux-tu que je t'oublie ? en ce temps-là, la vie était plus belle et le soleil plus brûlant qu'aujourd'hui. tu étais ma plus douce amie mais je n'ai que faire des regrets et la chanson que tu chantais, toujours, toujours je l'entendrai !
Hoy, mientras paseaba por la Praia de Santo Amaro en Oeiras, me acordé de la canción de Violeta Parra: Volver a los diecisiete
Volver a los diecisiete, después de vivir un siglo, es como descifrar signos, sin ser sabio competente, volver a ser de repente, tan frágil como un segundo...
A mi izquierda el Oceano Atlántico, azul intenso, y a mi derecha la Marginal Lisboa-Cascais, tantas veces recorrida, con distinta gente, en distintos transportes y de distintas maneras a lo largo de mi vida.
Cuando estamos viviendo algo no sabemos cuánto y de qué manera podrá afectarnos su recuerdo en un futuro. Por eso a veces, ahora, intento vivirlo todo intensamente, disfrutando de cada segundo del presente para poder, también, volver a revivirlo -con parecida intensidad- si llegara ese momento.
Mi paso retrocedido, cuando el de ustedes avanza; el arco de las alianzas, ha penetrado en mi nido con todo su colorido, se ha paseado por mis venas, y hasta las duras cadenas, con que nos ata el destino, es como un diamante fino, que alumbra mi alma serena
Todo, en este horizonte es tan cercano, tan familiar, tan mío... Cada paso es un recuerdo, cada segundo una imagen.
Oeiras, Carcavelos, Parede, San Pedro, San Joao, Estoril, Cascais...
Los olores, los colores, las buganvillas, las casas de siempre, Bom día sol, el café en A Mira, el Bahía, Murtal, a casa cor de rosa, las estaciones del comboio, la luna llena sobre el mar plata, las rocas cubiertas de algas en la marea baja, los papus secos con mantequilla salada, el bacalhao dourado, el vinho verde, la dulce lengua portuguesa...
Lo que puede el sentimiento, no lo ha podido el saber, ni el más claro proceder, ni el más ancho pensamiento.
Jara corre por la playa y juega con los restos de un naufragio. Yo recojo el tesoro, esparcido por la arena, del cofre del tiempo.
Él lo confesó en alguna entrevista: muy frecuentemente soñaba en portugués.
Antonio Tabucchi, el novelista italiano enamorado de Pessoa, de Lisboa, de Portugal y de la lengua portuguesa, murió la mañana del pasado domingo, a los 68 años.
Traducido a 40 idiomas, era el escritor italiano más conocido en el extranjero. Autor de obras inolvidables –Sostiene Pereira, Dama de Porto Pim, Nocturno hindú o Réquiem—, fue muchas cosas más. En Italia, por ejemplo, era notoria su actividad como apasionado de la política y brillante polemista.
¡Qué triste decirle adiós al escritor, al hombre más portugués de todos los italianos!...
Saudade Se había ido a una aldea portuguesa para encerrarse en una casa de campo y escribir con tranquilidad, es decir, como un loco. Esa ilusión de una paz volcánica. Como Melville, que mojaba la pluma en un cráter. Encontrar una silla de paja como la de la habitación de Arlés y que la esfera planetaria entre por la ventana y se te pose en la cabeza. Bueno, de estas cosas hablamos por teléfono, hasta que se echó a reír. Contó que los vecinos estaban intrigados. Había un hombre encerrado, que no salía ni a saludar el sol. Qué pena, con el buen tiempo que hace. Si te concentras, te podría salir un cerezo por la oreja. Y empezaron a interesarse por él, sobre todo las ancianas del pueblo. ¡Ese hombre no come! Y le llevaban pan. Pobre escritor. Y Antonio Tabucchi se reía por teléfono, y les daba la razón: "¡Pobre escritor! Me ven y dicen lo que Píndaro: 'Parece usted el sueño de una sombra'. ¡El pueblo es un clásico!". Y Antonio, claro, acabó saliendo de la casa. Porque la boca de la literatura estaba fuera, una mujer que contaba la historia de su hijo en Francia, en una fábrica de acordeones. Y la dichosa esfera hizo una elipsis en la plaza y se posó sobre el viejo del sombrero negro que abrió los brazos y abarco el aire con la saudade de un acordeón. Si, eso debió ser el último verano. Antes lo había visto en Ferrol y me habló indignado de los progroms contra gitanos en Italia. Una indignación siempre inteligente, que apuntaba la injusticia. Y luego, la descerrajaba, a la injusticia, con un humor libertario, hasta extirpar el núcleo de la estupidez, como hizo en el inolvidable opúsculo La gastritis de Platón. Un alegato contra la vacanza morale, que diría Primo Levi, de escritores e intelectuales, contra aquellos cínicos que combinan la locuacidad conformista y el "silencio selectivo".
Una vez lo convencimos para ir a un programa de televisión. En medio del debate, se levantó y dijo: "Voy a mear". Fue un gesto elegante, tal como iban las cosas. Su forma de hablar, de estar, hasta el más leve gesto, tenía mucho que ver con su forma de escribir. Su mirada atraía a las cosas y a las palabras. Si, en la visión sartriana, la prosa se sirve de las palabras y la poesía sirve a las palabras, en la literatura de Antonio Tabucchi hay una superación de ese dilema: se sirve de las palabras, al tiempo que las sirve. En el arte de la sutileza, el más humilde y leve gesto puede ser sublime. Y así era el oficio de escribir del autor deRéquiem. Si, decía, Tabuchi en Ferrol. Como un buen situacionista, amaba los terceros lugares y se reía del cosmopaletismo. Era un hombre rebelde, escritor piel roja, y por eso amaba el mundo, la gente de las "voces bajas", y entendía muy bien la saudade como una nostalgia afectuosa. Ahora, hasta el tranvía 28 de Lisboa tiene saudade de Tabucchi.
Y mi huelga no es sólo contra esta reforma laboral impuesta, inhumana y que perjudica, sobre todo y como siempre, a la gente con menos posibilidades y menos recursos. No sólo por eso, no.
Mi huelga es también contra los sistemas políticos y financieros de todo el mundo que han creado un mundo en el que unos cuantos tienen todo el poder y todo el dinero, mientras la mayoría ni siquiera tienen para comer o para vivir de una forma digna.
Sí, hare huelga mañana. Porque creo que el trabajo es un derecho, porque tener un hogar es un derecho, porque la mayoría de nosotras/os pagamos nuestros recibos, hacemos escrupulosamente nuestras declaraciones de la renta, pagamos nuestros impuestos, contribuimos a la economía de nuestro país con un consumo civilizado, creemos en la sanidad pública, en la educación pública, en la cultura al alcance de todos/as.
Sí, mañana haré huelga porque estoy harta de manipulaciones, de becerros de oro, de mentiras, de chantajes, de que nos metan el miedo en el cuerpo, de que nos amenacen, de que el color de la piel sea ilegal, de que las injusticias no pasen factura, de la prepotencia, de la chulería de los que, por haber nacido en "buenas" cunas, se creen mejores o más importantes que otros seres humanos que no tuvieron su mismo destino.
Iré a la huelga porque no hemos sido, la mayoría de nosotras/os, las/os que hemos llevado al mundo a este estado lamentable y sin embargo somos las/os que estamos pagando las consecuencias, porque estoy harta de deudas públicas, de rescates, de desahucios inhumanos, de bancos que ya no saben que hacer con las casas que van añadiendo a su patrimonio, casas absurdamente vacías, mientras sus propietarios duermen en las calles.
Iré porque hay seres humanos, nuestros propios vecinos, esperando las sobras que otros dejan en sus platos, y trabajadores honrados de toda la vida que de repente se ven obligados a pedir en las entradas del Metro, a comer en comedores sociales, a los que se les corta la luz o el agua, que se ven obligados a acudir a familiares y amigos pidiendo ayuda y cobijo.
Sí, iré a la huelga, porque estoy harta de que siempre paguemos los mismos mientras los verdaderos culpables siguen viviendo como si tal cosa. Porque los recortes se aplican, sobre todos, a los servicios sociales, porque después de tanta lucha y tanto trabajo, no quiero que mis hijos vivan en un mundo capitalista, absurdo, insolidario, racista, injusto, opresivo, manipulador y sin valores humanos.
Sé que son demasiados motivos para un sólo día, para unas pocas horas. Que sólo será un acto simbólico y romántico. Que al día siguiente volveremos al trabajo, los más afortunados, y volverán los poderosos a coger los hilos de nuestras vidas para movernos a su antojo y según sus intereses.
Pero, siempre he creído en la fuerza de los seres humanos cuando, unidos, persiguen lo que unos pocos llaman utopía.
No empobrezcas el sueño
(NO ABARATEIXIS EL SOMNI)
No empobrezcas el sueño,
no tengo otra cosa que decirte, si quieres
no empobrezcas el sueño,
que es como la estrella que hay al final del camino.
Y si es preciso reharemos todos los signos
de un presente tan difícil y arisco
que no empobrezcas tu sueño nunca más.
Que nos han puesto precio por vivir
y el vivir a veces tiene el precio de decir basta.